La joven misionera regresaba a casa junto a su mentora, la señorita Bird, después de semanas evangelizando en las zonas montañosas en donde estaban asignadas. Cada noche habían efectuado reuniones en los locales de las escuelas, alumbradas con lámparas de querosene y teniendo como audiencia a rudos montañeses que colocaban sus escopetas a un lado para escuchar el mensaje del Evangelio.

Dormían en lugares distintos. Era frecuente que en las mañanas escucharan al pie de la ventana el escandaloso cacareo de los pollos afuera. Al ser llamadas a desayunar, había en la mesa pollo frito, galletas y salsa, tazones de jalea de fresa y jarras de leche fría. Las alimentaban bien los santos de Dios y familias interesadas en las Buenas Nuevas.

Aquella tarde volvían a casa y se encontraron con su abandonada cabaña, sin leña cortada para el fuego y sin un centavo de dólar para comprar comida. Eran los años de la Gran Depresión. Ambas misioneras se postraron de rodillas y en oración pidieron a Dios les proveyera de cinco dólares para comprar alimentos. En aquellos años terribles para la economía del mundo, eso era suficiente para surtir la despensa. Esto nos recuerda a Filipenses 4:6:

«Por nada, estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias».

Aun oraban cuando tocaron a la puerta. Era un montañés empobrecido y tres de sus hijos, descalzos. Solicitaba zapatos para sus niños. La señorita Bird pidió al caballero cortar la leña para el fuego, entretanto enviaba a la joven misionera al gran barril  en donde estaban las donaciones de ropas y calzado que iglesias enviaban para ayudar a la obra social de la misión.

Mientras uno de los chicos se probaba sus zapatos, halló en uno de ellos un arrugado papel que entregó a su benefactora. Al desenvolverlo, ésta halló cinco dólares en billetes de uno. «En alguna parte, en alguna iglesia del norte, alguien había echado su pan sobre las aguas y había llegado hasta nosotros en las montañas en el momento justo de nuestra necesidad». Se cumplía Isaías 65:24: «Antes que clamen, responderé yo; mientras aún hablan, yo responderé» (Llamada a ser una mensajera. Autobiografía de Ruth de Olson. Pág.21).

¡Gloria a Dios! En tiempos de adversidad y de carencias, bueno es seguir confiando en Dios como fuente de toda provisión. Y no cerrar el corazón a la necesidad ajena porque en satisfacer la carencia de otro, puede estar la respuesta a la nuestra. ¡Dios nos guarde!

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