(Textos para meditar Marcos 15:42-47; Lucas 23:50-56).

Dios estuvo muerto, ¿te has puesto a pensar en lo que esto significa? Sí,
Dios estuvo muerto en la humanidad de la persona de Cristo, porque su divinidad nunca puede morir.

Jesús, el hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad, muere ante la burla y el desprecio de los hombres (Isaías 53:3), pero también desechado por los sabios designios de Dios el Padre:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Salmo 22:1; Mateo 27:46). Este es el grito más desgarrador que salió del alma del moribundo.

Llegada la noche del viernes el cuerpo del condenado es puesto en el sepulcro, porque se acerca el día sábado, día de reposo para los judíos (Mr. 15:42-46).

Los discípulos lloran la ausencia de su maestro. Están desconcertados, no tienen nada que celebrar. A ellos solo les embarga la soledad y la tristeza(una que ellos no saben que se convertirá en gozo).

La atmósfera ha cambiado. El bullicio de la muchedumbre gritando el viernes en la mañana: «¡Crucifíquenlo!» se ha ido. Jesús ha muerto.

Es sábado de reposo, de silencio, todo permanece tranquilo. Dios ha guardado también silencio ante los eventos.

Esto nos muestra que en algunas circunstancias de la vida Dios guarda silencio. Un silencio que para nosotros pudiera ser contradictorio. Pero que nos debería enseñar a guardar silencio, si él nos pide hacerlo.

La actitud común ante la crisis es caer en el desespero y la angustia. Esto no trae gloria a Dios y nos aleja de la Fe.

El silencio de Dios nos debería enseñar a permanecer confiados en él, seguros de que estamos en sus manos.

El sábado de tristeza se irá y el domingo de victoria llegará, ánimo, ora y no desmayes.
Mientras llega, guarda silencio ante Dios (Habacuc 2:20).

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