Corría el año 1975. La universitaria, recién graduada, había conseguido un buen empleo algo lejos de su pueblo natal. Una tarde de domingo decidió ir a visitar a un querido tío que vivía en otra ciudad cercana a su nueva residencia. También estaba deseosa de viajar en el Ford 1968 que su padre le había obsequiado al finalizar sus estudios.

Al caer la tarde, emprendió el regreso a casa pero el vehículo le advirtió que la aguja de la gasolina señalaba que solo le quedaba un cuarto de tanque. Pensó en pedirle dinero al tío pero la pena superó su sentido común. Cuando todavía distaba mucho de su destino, miró con alarma que el nivel de combustible daba para llegar a la próxima estación de servicio que estaba ubicada en medio de la nada.

A duras penas logró arrimar su carro hasta el surtidor y pidió al encargado que le cargara por lo menos medio tanque y ella le extendería un cheque ya que no tenía dinero en efectivo. En 1975 no había tarjeta de débito, ni de crédito, ni cajeros automáticos, y mucho menos pagomóvil. El bombero se negó a aceptar la oferta. Ella entonces le pidió la dejara pasar la noche con su carro en la gasolinera y al otro día buscaría la forma de ir hasta el pueblo próximo para cambiar un cheque en el banco.

El hartado empleado le dijo: -Puedes quedarte pero de inmediato llamo a la policía para que te detenga- El conductor de otro auto que se había estacionado en el surtidor contiguo, oyó parte de la conversación y se dio cuenta del aprieto de la choferesa. Cuando fue a ser cargado su tanque, el caballero le dijo al intransigente servidor: -¡Llene primero el tanque de ella! Y mostrando su cartera, agregó: -Yo pago. La joven le dijo: -¡No cargo dinero en efectivo. No puedo aceptar su bondad!-. -Llene el tanque- ordenó de nuevo, y viendo a la señorita de los apuros, agregó: -Algún día tú harás lo mismo por alguien más-.

La protagonista de nuestra historia dice: «No he dejado de buscar esa joven desvalida para socorrerla una noche en el camino. Entre tanto, por si nunca aparece, procuro realizar otros actos de bondad al azar. Aquel automovilista sereno siempre está en la bomba de al lado pidiéndole al surtidor que llene mi tanque primero».

Esta historia publicada en una famosa revista de circulación mundial, me hizo recordar a los asombrados discípulos viendo al Señor Jesucristo lavando los pies de cada uno de ellos en la noche previa a su muerte. Oigamos al discípulo amado:

«Así que después que les hubo lavado los pies, tomó su manto,volvió a la mesa, y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros, Porque EJEMPLO OS HE DADO, PARA QUE COMO YO HE HECHO, VOSOTROS TAMBIÉN HAGÁIS»

Juan 13: 12-15 .

Las buenas obras, la solidaridad práctica, el socorro mutuo, son acciones propias del pueblo del Señor; un pueblo con vocación de servicio. Cada vez que hacemos algo a favor de otro, estamos «devolviendo» de alguna forma la bondad recibida anteriormente. Es una bendita cadena interminable. Tengamos siempre presente que

«A Jehová presta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar»

Proverbios 19:17.

Recuerde siempre llenar primero el tanque de otro. Dios le bendiga.

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