El recién graduado universitario no cabía de felicidad. Acababa de obtener su primer empleo. El entrevistador había quedado satisfecho con las respuestas del aspirante y le dijo que debía presentarse al siguiente día a las 8:00 am. Acto seguido le hizo otra interrogante: – ¿Quién pagó tus estudios? – Al joven se le iluminaron los ojos y explicó: – Mi madre. Ella se ha esforzado siempre para que tenga yo lo necesario. – ¿Y qué trabajo tiene tu mamá? – ¡Trabajos, doctor! Ella es secretaria en una Clínica, pero también corta y seca cabello en casa y lava ropa de algunas personas vecinas. Cuando yo estaba en casa le ayudaba «matando algunos tigritos» pero mientras cursaba la universidad, no me quedaba mucho tiempo para ayudarla. La carga fue casi de ella sola.

El entrevistador, mirándolo fijo a los ojos le ordenó: – Hoy mismo usted va a lavar las manos de su madrecita. Tome agua y jabón y pídale que le permita lavar sus manos. Mañana al llegar me presenta un informe de la encomienda.

Aquella tarde el muchacho tomó las manos de su progenitora y puso empeño a la obra. ¡Cuán envejecidas y callosas estaban las manos de Mamá! Comenzó a llorar y las lágrimas se mezclaban con el agua de la poncherita. Las secó y buscó una cremita para suavizarlas. Ambos terminaron fundidos en un largo y sentido abrazo.

La mañana siguiente el jefe lo esperaba a la entrada de la empresa. – ¿Cómo te fue en la tarea? El novel empleado lloró de nuevo. El caballero se interesó en saber qué aprendizaje le había quedado. Erguido, expuso: – Mientras viva me esforzaré por honrar más las manos de esa mujer. Procuraré que esas manos tengan más descanso. Y prometo que mis las mías se envejecerán y se encallecerán para que otros tengan las mismas oportunidades que hasta ahora he tenido-.

La sociedad actual es poco agradecida y tiende a la utilización de las personas para obtener sus fines. Alcanzados sus propósitos, desechan a la gente que les ha ayudado como se echa al cesto un hisopo usado. Muchos hijos «explotan y esclavizan a sus padres» poniéndolos a cumplir las tareas que les corresponden a ellos y ven a sus procreadores como su caja chica eterna. Un ejemplo de ello es el tradicional «cuídame los muchachos por un rato» y ese rato se convierte en un 7/7.  Ya los abuelos trabajaron y no es justo que los obliguemos a algo para lo que ya sus fuerzas están menguadas.

Cuidado con identificarnos con Proverbios 30.11: «Hay generación que maldice a su padre y a su madre no bendice». La Biblia nos muestra un camino mejor. En ella Dios nos pide que honremos a nuestros viejos: «Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa, para que te vaya bien y seas de larga vida sobre la tierra» Efesios 6.1-2. Dios también nos pide que seamos agradecidos con todos (y eso incluye a los padres): «… Y sed agradecidos».

Lavar las manos de nuestra madre o de los padres, nos ayuda a valorar mejor sus sacrificios y replicar su ejemplo de vida. Y existen muchas maneras de «lavar las manos de nuestros viejos».  ¿Cuándo fue la última vez que le hiciste un cariño a esas manos que tanto te han dado? Que Dios nos ayude.

Compartir

2 Comentarios

María Guzmán · 16 noviembre, 2020 en 9:14 pm

Excelente reflexión mi hermano. Recordé cuando mi papá nos decía vean mis manos hijos y estudien para que no las tengan como yo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *