Los enemigos de nuestro matrimonio NO son nuestras suegras, familiares, vecinos o hermanos. Es necesario saber identificar cuáles son esos verdaderos enemigos que quieren destruir lentamente nuestra unión matrimonial. El plan de Dios es que cuidemos nuestra sagrada unión. Para nosotros los casados no es un secreto que la convivencia es un arte. Todo arte merece su técnica y trabajo diario. Todo matrimonio necesita de esfuerzo mutuo para que ambas partes puedan convivir sanamente. Nunca tendremos un matrimonio perfecto, pero sí podemos constituirnos en un equipo ganador que se esfuerza por llegar hasta la meta final. 

Nuestro deseo es ayudarte a evitar ese punto donde digas: «No aguanto más, este matrimonio, se terminó»; ese no es el plan de Dios para ti Mateo 19:6. Entendamos que Dios no nos dio a nuestra familia para que la perdiéramos. Él nos dio una hermosa familia para que cuidáramos de ella cada día. A veces la carreta que decidimos llevar juntos se nos hace pesada, y ese peso nos puede llevar a abandonarla en medio del camino, pero es por nuestro duro corazón. Esa carreta muchas veces se llena de piedras porque le damos lugar a los enemigos del matrimonio.

Pero Dios nos dice que podemos vencer cualquier obstáculo si tan sólo le damos a Él el primer lugar en nuestras vidas. Mateo 6:33

¿Cómo identificar y vencer esos enemigos?

Yo nuestro principal enemigo somos nosotros mismos. Somos nosotros quienes muchas veces impedimos la obra de Dios en nuestro matrimonio. A veces nos convertimos en los principales obstáculos para que nuestro matrimonio sea más llevadero y feliz. Palabras como «yo soy así y nadie me cambia», «así me criaron y así me muero», «si no te gusta cómo soy igual te la tienes que aguantar», «no voy a dejar de ser así y punto», «no me importa lo que dice Dios», «si quieres déjame, pues me da igual».

Cuando nuestro matrimonio está lleno de cosas carnales como estas, es difícil que podamos avanzar hacia la meta. Lo mejor sería arrodillarse ante Dios, reconocer que estamos siendo de tropiezo para nuestra familia, y clamar a Dios por auxilio y una transformación inmediata, Salmos 25:1 «A ti oh Jehová levantaré mi alma». Ningún matrimonio podrá ser feliz si alguna de las dos partes, o ambas, actúan de esta manera.

El orgullo este enemigo se levanta a diario para destruir nuestro matrimonio. Su propósito es impedir que perdonemos a nuestro cónyuge de alguna falta que hayan cometido. Permitir que el orgullo se arraigue en nuestro matrimonio es un grave peligro porque poco a poco levantamos muros de contención que impiden perdonar y pedir perdón. Tengamos cuidado.

Recordemos siempre que Dios nos perdonó todos nuestros pecados y los lanzó a lo profundo del mar (Miqueas 7:19) Pues ¿quiénes somos para no perdonar? Si no perdonamos, Dios tampoco nos perdonará nuestras fallas contra Él. El que es misericordioso, será tratado con misericordia. Sin perdón, ninguna relación humana puede subsistir pues somos imperfectos.

La negación el no reconocer en qué estamos fallando, es grave. Hay áreas en nuestro matrimonio, en la convivencia, que notamos alguna falla constante, y es necesario que las reconozcamos y no nos neguemos diciendo: «Yo no estoy fallando en eso, estás equivocado (a)». La negación nos lleva a seguir cometiendo los mismos errores y se va haciendo mucho daño a nuestra pareja. Lo mejor es reconocer en qué áreas estamos fallando y atacarlas de una vez. Pero seamos honestos (a) con nuestro cónyuge y afrontemos con madurez y responsabilidad nuestras áreas débiles.

Recordemos que Dios ama la verdad y quienes lo amamos a Él, practicamos siempre la verdad, pues así lo declara el Salmo 15:1-2. Hablemos verdad y de verdad con nuestro cónyuge para que podamos ser libres y nuestro matrimonio avance. Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo? El que anda en integridad y hace justicia, y habla verdad en su corazón”.

El postergar muchas veces queremos dejar todo para después. Después corrijo ese pecado, después hablo de ese tema con mi esposo (a), después vemos qué pasa, después vemos cómo arreglamos nuestras diferencias, después corregimos a nuestros hijos, después hablamos cara a cara sobre este error, después solucionamos ese problema, después paso tiempo de calidad con mi familia, después que termine de hacer mis cosas atiendo a mi familia, después que trabaje comparto con mis hijos y esposo (a), después, después y después.

El problema es que después se ven en el juzgado firmando su divorcio. Terrible este enemigo. No hay nada más saludable que sincerarse a diario con nuestro esposo (a) y no dejar poner el sol sobre nuestro enojo (Efesios 4:26 y 4:31). No dejes las cosas para cuando amanezca porque quizás puede ser demasiado tarde. Hablen las cosas con claridad y confianza. Dios nos bendice en nuestra comunicación cuando hablamos a tiempo, y nos ayuda a enfrentar nuestras diferencias cuando tenemos disposición humilde de resolver y no de empeorar.

Falta de comunicación este enemigo desata grandes problemas. Comunicar es la forma que Dios nos dio para dar a conocer lo que pensamos. Cuando la comunicación en nuestro matrimonio se traba, nos vamos tragando las palabras, acumulando en nuestra mente y corazón amargura, rencor, resentimiento, ira, y muchos sentimientos negativos que nos van enfermando. Es importante que, como esposos, desarrollemos una sana comunicación, escuchándonos y poniéndonos en el lugar del otro cuando quiere comunicar algo. Debemos sentir confianza de hablar con libertad y expresar lo que sentimos.

No tengamos miedo de expresar a nuestro cónyuge lo que sentimos o pensamos (Proverbios 27:5). Y si esto pasa, es necesario que aún eso se lo podamos decir y empecemos a trabajar en ello. Si Dios nos permite comunicarnos libremente y en confianza con Él, ¿Por qué no hacerlo con nuestros esposos (a)? Es la persona con quien compartiremos toda nuestra vida. La comunicación es libertad y trae grandes beneficios en un matrimonio. Cuando la practicamos a diario y lo hacemos con respeto, nuestro matrimonio se fortalece.

La irritabilidad hoy día es fácil andar irritados y amargados. Las muchas ocupaciones nos ahogan y llevan a que siempre estemos con una mala expresión facial o respuesta áspera a nuestro cónyuge e hijos. Cuando nos irritamos por todo y por nada, eso crea barreras en nuestro matrimonio. Esto puede hacer que siempre estemos de mal humor y la falta de respeto se puede adueñar de nuestra relación. Recordemos que debemos descansar en Dios y entregar nuestras cargas ante su presencia para que esa irritabilidad no la manifestemos en nuestro matrimonio. Debemos esforzarnos por echar toda nuestra ansiedad a los pies de la Cruz porque Él tiene cuidado de nosotras (o) (1 Pedro 5:7).

Todos estos enemigos pueden ser vencidos con la ayuda de Dios. La verdad es que sólo con su ayuda. En este mundo tenemos muchas aflicciones, pero confiemos porque Cristo ya venció a este mundo. Recordemos que nuestro duro corazón, el alejarnos de Dios diariamente y de su palabra, empeoran la convivencia. Vamos a esforzarnos por dejar en alto al diseñador de nuestra familia, Jesucristo. ¡Sí hay esperanza para nuestro m a t r i m o n i o!


Si tu esperanza aún no reposa en Jesús, quiero invitarte a hacer esta oración con fe y con todo tu corazón: Mi Dios y creador, perdona mis pecados, reconozco que no hay otro camino para acercarme a ti más que Jesucristo. Reconozco hoy que te necesito y que mi alma tiene sed de ti. Socórreme en este tiempo difícil y ayúdame a permanecer confiando en ti sin desmayar ni retroceder. Límpiame de toda mi maldad y ayúdame a poner mi esperanza en ti y en tu palabra viva. Te amo y quiero amarte hasta el fin.


Este artículo ha sido originalmente publicado en el Blog de la autora Vestigios en el Corazón

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