Saludé a cada alumno cuando salía de la clase. Detrás de mí, el pizarrón todavía exhibía los últimos rastros de mis apuntes. Me preguntaba una y otra vez si habrían aprendido algo, y si de algo había servido esta lección para sus vidas. A juzgar por el rostro de algunos, no parecía haber ningún cambio en ellos. Simplemente sonreían agradeciendo el tiempo de enseñanza o saludándome con afecto y respeto. ¿Tiene sentido todo este esfuerzo que hago domingo tras domingo para compartir con mis alumnos las verdades divinas?

No sé si usted como maestro de la iglesia ha tenido esta misma sensación. Yo la he vivido algunas veces. Es un sentido de soledad ministerial; nos parece que nuestro trabajo docente no está logrando el resultado esperado o que lo que hacemos no parece tener ningún efecto en aquellos a quienes anhelamos ayudar.

En momentos como estos, me ha reconfortado pensar que Dios se ha servido de nosotros los maestros para comunicar Su Palabra a los hombres y que nos ha dado el honroso privilegio de explicarles a los demás Su voluntad. Somos maestros; somos un especial regalo que Dios le ha dado a su iglesia para el cumplimiento de su palabra.

A diferencia del concepto popular que ve al maestro como un simple transmisor de conocimiento, la Biblia presenta al maestro cristiano como alguien que ha sido dotado por el Espíritu Santo con la capacidad de explicar la Palabra de Dios con claridad de modo que resulte en edificación de los creyentes (Ef. 4:11-16; Col.1:28; 1Cor.12:11; 14:12, 26). Enseñar, desde el punto de vista bíblico, no es simplemente informar sobre personajes y acontecimientos del pasado. Es un compromiso de explicar a todos cuál es la forma como Dios piensa, qué diría Dios de lo que hacemos, decimos o pensamos hoy en día. En una palabra, es actualizar nuestros sentidos al pensamiento siempre vigente de Dios. ¿Tiene Dios algo que decir sobre el SIDA, el terrorismo, la clonación, los niños de la calle, el maltrato en el hogar, la pobreza atroz, la inseguridad, la destrucción de la capa de ozono? Los problemas pueden cambiar su ropaje o tinte histórico cultural pero la eterna y siempre viva Palabra de Dios mantendrá en todo tiempo su inmarcesible pertinencia. Y le toca al maestro cristiano actualizar esa pertinencia.

El papel del maestro en la historia del pueblo de Dios

La misma misión de la iglesia no sería posible sin la existencia de los maestros. No sé si ha notado que la Gran Comisión está enfocada como una tarea docente. En Mateo 28:19-20 la orden principal es hacer discípulos. En este imperativo está implícito un proceso de enseñanza-aprendizaje. La raíz del verbo discipular incluye la idea de un aprendiz que está siendo formado por alguien. No se puede hacer discípulos sin “enseñarles que guarden todas las cosas que Jesús mandó”.

Los discípulos de Cristo entendieron este sentido docente de la misión de la iglesia. Temprano se preocuparon por enseñar “todo el consejo de Dios” a los creyentes (Hec. 2:42; 5:42; 20:27). Los mismos libros del Nuevo Testamento tienen su origen en este deseo de enseñar a la iglesia la verdad que Dios había revelado, tal y como lo atestigua Lucas en el prólogo de su evangelio (Luc. 1:1-4), de manera que sin este empeño docente ni siquiera podríamos tener los libros del Nuevo Testamento. ¿Se imagina? Incluso se llegó a escribir en el siglo I una especie de manual de instrucción cristiana llamado la Didajé que consistía en un compendio de las verdades básicas que debía conocer todo nuevo creyente. Tal era la vehemencia con la que enseñaban los primeros seguidores de Jesús a la iglesia.

Los maestros han sido auténticos propulsores del desarrollo espiritual del pueblo de Dios. En los mismos comienzos de la nación hebrea, Dios utilizó a Moisés, Aarón y otros líderes para enseñar la ley al pueblo. Posteriormente, líderes como Josué, los jueces y Samuel se convirtieron en instructores de la voluntad de Dios para los judíos. En tiempos de crisis Dios levantó profetas que enseñaron al pueblo cuál era Su voluntad y cuándo más lo necesitaron, un maestro llamado Esdras inició un proceso de renovación espiritual basado en una clara y contundente exposición de las Escrituras.

En tiempos del Nuevo Testamento el modelo de Jesús como maestro marcó el paradigma para el nuevo pueblo de Dios. La iglesia durante su primer siglo de vida pasó por tiempos difíciles también, pero nunca faltaron maestros que con profunda convicción expusieran la Palabra. Las Escrituras dan fe de cómo Pedro, Jacobo, Juan, Pablo y los otros apóstoles enseñaron con denuedo lo que Jesús a su vez les había enseñado. Posteriormente, hombres como Ignacio de Antioquía, Justino Mártir, Ireneo, Tertuliano y Orígenes figuran en la historia como los que dieron continuidad a la doctrina de los apóstoles que la iglesia había recibido en el primer siglo. Muchos de ellos pagaron con su vida la osadía de enseñar tales doctrinas.

La sana doctrina se mantuvo unida por finos eslabones que a veces parecían demasiado delgados, especialmente cuando la apostasía y la religiosidad popular parecieron extinguir la verdadera piedad cristiana durante la llamada Edad Media. Pero Dios siempre se reservó un remanente fiel.

El tiempo de la Reforma levantó hombres como Lutero, Zwinglo, Cramer, Tyndale, Knox, Calvino y otros, quienes fueron como faros en medio de una auténtica tormenta de ideas y luchas radicales. El tiempo nos faltaría para hablar de otros que, en épocas más recientes como Wesley, Whitfield, Spurgeon, Moody y Lewis se empeñaron en ser voces proféticas a una sociedad que, desenfrenada en la búsqueda de la satisfacción material bajo la religión de la industrialización, había olvidado los verdaderos valores espirituales.

Hemos mencionado sólo algunos maestros, tal vez los más conocidos, pero obviamente en muchas comunidades cristianas Dios levantó a hombres y mujeres que guiados por el Espíritu Santo comunicaron con claridad y certeza Su Palabra, todos igualmente preciados maestros de Dios.

El maestro, portavoz de la sana doctrina, portador de la Palabra de Dios

¿Y qué de nuestros tiempos? Le ha tocado al maestro cristiano ser de nuevo portavoz de la sana doctrina en medio del caos que ha traído consigo la postmodernidad. El individualismo (creer que no necesitamos de nadie), el relativismo moral (por un lado, no hay verdades absolutas y, por otro, nada es malo ni bueno en sí mismo; todo depende) y el eclecticismo (mezcla peligrosa de filosofías, religiones y pseudociencias para formar nuevas corrientes como la de la Nueva Era) están amenazando peligrosamente al Pueblo de Dios.

Cuando un maestro prepara semana tras semana su estudio bíblico para compartirlo con profunda convicción a sus alumnos está afirmando que la Biblia es verdad absoluta y digna de toda confianza. De esta manera le hace frente al relativismo acomodaticio de nuestros días. Cada vez que enseña y modela los valores cristianos muestra lo que espera Dios de todo hombre y con ello le da una certera estocada al relativismo moral. Y, finalmente, al compartir sus dones con sus alumnos y animarlos a hacer lo mismo refuerza el concepto de comunidad donde la iglesia es una gran familia y donde todos nos necesitamos unos a otros. De esta manera destruye la prédica del individualismo como un ideal de nuestra sociedad contemporánea. Por eso cada maestro es un auténtico héroe anónimo de nuestra iglesia. Un heredero auténtico de esa estirpe de hombres y mujeres que durante siglos han sido los defensores de uno de los frentes más importantes de la iglesia: la sana doctrina.

Así que, estimado colega, si sientes que tu trabajo posiblemente no esté siendo valorado por otros, si muy pocos te han dicho cómo el Señor los ha cambiado gracias a lo que has enseñado, si pocos están dispuestos a mostrar el mismo compromiso que tú muestras y si tú mismo has perdido algo de fe en lo que estás haciendo, recuerda lo más preciado de esta breve reflexión:

Dios te ha llamado de entre muchos para dotarte con el extraordinario don de la enseñanza, no para que cambies a los demás (déjale eso al Espíritu Santo), sino para que comuniques de manera paciente, dinámica y constante las verdades preciosas de Su Palabra sin lo cual no sería posible el establecimiento, crecimiento y expansión de la iglesia.

He aquí una sencilla pero suficiente razón para que tu ministerio docente en la iglesia sea revitalizado por la acción del Espíritu Santo. Permite que Dios, al igual que lo hizo con Zorobabel, Josué y el resto del pueblo, despierte tu espíritu y te anime a cumplir con fidelidad el llamado que te ha hecho para enseñar a su pueblo (Hag.1: 14).

Ánimo y adelante.


Publicado originalmente en el Blog de Samuel Marcano

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