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La Historia detrás de Himno «Fija tus ojos en Cristo»

Helen Howarth Lemmel nació el 14 de Noviembre de 1864, en Wardle, Inglaterra. Hija de un pastor Metodista Wesleyano llegó a los estados unidos a los doce años de edad. Se sabe que era talentosa en el canto y la música en general, y el algún punto de su vida viajó a Alemania donde estudió canto por cuatro años. Enseñó canto en el instituto Moody y visitó varias iglesias como solista.

En 1918 le dieron un tratado escrito por Lilias Trotter. El tratado llevaba el título Focused (enfocado), y tenía una parte de texto que decía «Así que, puesto los ojos en Él, mira plenamente su rostro y verás que las cosas terrenales extrañamente perderán su valor.” Muy probablemente este texto fue inspirado en Hebreos 12:2. Estas palabras surtieron un gran impacto en la mente de Helen.

De repente, como si se me hubiese ordenado detenerme y escuchar, me quedé quieta, mientras cantaba en mi mente y espíritu el coro, sin un momento consciente para agregar una palabra a otra para hacer un verso, o una nota a otra para hacer una melodía. Los versos fueron escritos la misma semana, siguiendo el método normal de composición, pero esto no quita que fueron dictados por el Espíritu Santo.

Helen Lemmel

Ese mismo año, 1918, el himno «Turn your eyes upon Jesus» fue publicado por primera vez en forma de panfleto en Inglaterra donde rápidamente ganó popularidad. Tardó un poco más en llegar a los Estados Unidos, y no fue sino hasta 1924 que fue publicado en una colección titulada Gospel Truth in Song. Después de esto se ha publicado en la mayoría de himnarios. Otro nombre con el que se conoce este himno es «The heavenly vision» (La visión celestial).

Se dice que Helen escribió más de 500 himnos y poemas, pero el único que llegó a ser conocido a nivel mundial fue Fija tus ojos en Cristo.

Hay relatos en los que se dice que Helen contrajo matrimonio con un empresario adinerado mientras vivía en Europa, quien la abandonó cuando ella perdió la vista. Según estos relatos cuando ella entró en contacto con el tratado anteriormente mencionado, estaba pasando por un momento muy difícil, y en medio de su aflicción se vio inspirada a escribir el himno Fija tus ojos en Cristo. En otros relatos ella pierda la vista cuando es anciana y termina sus días en la pobreza y el abandono. Si bien estas historias añaden drama a la historia y se prestan para interesantes lecciones sobre la invidente que nos invita a ver a Jesús, es probable que estas historias sean producto de la imaginación popular.

Helen vivió en Seattle, Washington donde permaneció activa en las actividades cristianas como miembro de la iglesia bautista de su ciudad hasta su fallecimiento a los noventa y siete años de edad. Escribió un libro para niños titulado Story of the Bible (historia de la Biblia).

Dos de las versiones más conocidas de este himno en español fueron hechas por Carlos A. Steger y C. P. Denyer. Si bien ellos tradujeron el coro y las tres estrofas, es muy común especialmente en las personas de avanzada edad, cantar únicamente el coro, pues ignoran por completo la existencia de las estrofas. Yo mismo durante muchos años pensaba así, hasta que un día escuché a un coro de una iglesia cantar este himno. Fue una hermosa experiencia.

Una confusión muy común al cantar este himno suele darse en el coro. Muchos creen que la frase segunda línea hace referencia a nuestros ojos por lo que cantan «tan llenos de gracia y amor”. Sin embargo, allí hace referencia es a Cristo; es él quien está lleno de gracia y amor, no nuestros ojos, por lo cual esta frase debe ir en singular: «tan lleno de gracia y amor”.

Fija tus ojos en Cristo

¡Oh, alma cansada y turbada!,
¿sin luz en tu senda andarás?
Al Salvador mira y vive;
del mundo la luz es su faz.

Coro

Fija tus ojos en Cristo,
tan lleno de gracia y amor,
y lo terrenal sin valor será
a la luz del glorioso Jesús.

De muerte a vida eterna
te llama el Salvador fiel;
en ti no domine el pecado;
hay siempre victoria en Él.

Jamás faltará su promesa.
Él dijo: «contigo estoy».
Al mundo perdido ve pronto
y anuncia la salvación hoy.


Publicado originalmente en Historias de Himnos

La historia detrás del himno «¡Oh, tu fidelidad!»

Himno: «¡Oh tú fidelidad!» | Autor: Tomás Obadiah Chisholm

El profeta del Antiguo Testamento Jeremías escribió, «Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grandes es tu fidelidad» (Lam. 3:22,23). Santiago, un «siervo del Señor Jesucristo», del Nuevo Testamento escribió, «Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación». (Santiago 1:17).

Siglos después, Tomás Obadiah Chisholm estaba leyendo estos pasajes y se sintió inspirado a ponerlos en forma de verso. El llama a toda la naturaleza a testificar de la fidelidad de Dios en todas las circunstancias, en todas las estaciones y en todas las edades. El cita el perdón de los pecados, la paz que permanece, la divina presencia que alienta y guía, y la fuerza y esperanza diarias.

Tomás Obadiah Chisholm nació el 29 de julio de 1866 en Simpson County, Kentucky. Fue educado en una escuela de campo, y a los 16 años llegó a ser maestro de tal escuela. A los 21, Tomás llegó a ser el editor asociado de «The Franklin Favorite».

En 1893, mientras acudía a una reunión dirigida por el Dr. H. C. Morrison, Tomás sintió convicción de pecado y se convirtió. El Dr. Morrison se sorprendió de la sinceridad y de los talentos del joven hombre y lo invitó a mudarse a Louisville, Kentucky, para que fuera el dirigente y editor del periódico religioso del Dr. Morrison — «The Pentecostal Herald».

En Louisville, Tomás se sintió llamado al ministerio y fue ordenado en la Iglesia Metodista. Su primer pastorado fue en Scottville, Kentucky. Pero más tarde, a causa de una enfermedad, Tomás se mudó a Winona Lake, Indiana, para estar cerca de las facilidades ocupadas por el equipo evangelístico de Billy Sunday y Homer Rodeheaver. Aunque su trabajo primario era en el campo de los seguros, él predicaba tanto como le era posible.

Su siguiente mudanza fue hacia Vineland, New Jersey, donde otra vez combinó el ministerio con el negocio de los seguros. Además, Tomás tomó otro trabajo — escribir himnos y versos religiosos. En 1953, el ministro-escritor de himnos ya avanzado en años entró a un Hogar Metodista de Retiro en Ocean Grove, New Jersey, permaneciendo allí hasta su muerte, que fue el 29 de febrero de 1960.

A Tomás Obadiah Chisholm se le acreditan 1,200 himnos y versos devocionales. Sólo 800 himnos fueron publicados y a unos pocos se les puso música. Dos de los himnos más populares son «Vivo por Cristo» y «El Hijo Pródigo», ambos han sido traducidos a diferentes idiomas.

A los 75 años, el Dr. Chisholm le escribió a un amigo, diciendo, “Mi condición económica nunca ha sido una de abundancia debido a mi condición de enfermedad en los últimos años. A pesar de esto, no debo fallar en recordar aquí la infalible fidelidad de un Dios que cumple lo que promete, y que Él me ha dado muchas muestras maravillosas de Su provisión y cuidado, por lo cual estoy lleno de gratitud”.

El Dr. Chisholm envió algunos de sus poemas a William M. Runyan, un gran músico del Instituto Bíblico de Moody y un editor de la Hope Publishing Company. El Sr. Runyan fue profundamente impresionado con el himno «Oh, tu fidelidad» y oró, «Señor, ayúdame a componer una melodía que pueda transmitir el mensaje de una manera efectiva». La popularidad del himno prueba que la oración del músico fue contestada. La música de Runyan apareció primero en «Songs of Salvation and Service» traducido como, «Cantos de Salvación y Servicio», (publicados en 1923). Se le dió el título de «Fidelidad» en el «Baptist Hymnal», «Himnario Bautista» (publicado en 1956). Hoy en día la conocemos simplemente como: ¡Oh tú fidelidad!

¡Oh, tu fidelidad!

Oh, Dios eterno, tu misericordia,
Ni una sombra de duda tendrá;
Tu compasión y bondad nunca fallan,
Y por los siglos el mismo serás.

CORO:

¡Oh, tu fidelidad! ¡Oh, tu fidelidad!
Cada momento la veo en mí.
Nada me falta, pues todo provees,
¡Grande, Señor, es tu fidelidad!

La noche obscura, el sol y la luna,
Las estaciones del año también,
Unen su canto cual fieles criaturas,
Porque eres bueno, por siempre eres fiel.

Tú me perdonas, me impartes el gozo,
Tierno me guías por sendas de paz;
Eres mi fuerza, mi fe, mi reposo,
Y por los siglos mi Padre serás.


Publicado originalmente en: Literatura Bautista

La historia detrás del himno: «Hay un canto nuevo en mi ser»

Himno: «Hay un canto nuevo en mi ser» | Autor: Luther Bridgers

No todos nuestros himnos tienen una historia feliz. Detrás de muchos cánticos se encuentran siervos de Dios que irrigaron con sus lágrimas la viña, y cuyas poderosas composiciones nacieron del dolor y hasta de la muerte. Una de ellas es «Hay un canto nuevo en mi Ser», que nació de una fe genuina en medio del dolor más profundo.

Sin sospechar que estaban en víspera de una tragedia, el joven predicador Luther Bridgers (1884-1948) llegó con su familia a casa de sus suegros, pues iba a predicar en una campaña evangelística en ese pueblo. La reunión familiar fue gozosa, y sus hijos jugaron felices con los abuelos. Luego se acostaron a descansar.

Más tarde un vecino se despertó y vio la casa envuelta en llamas. Corrió al rescate pero la casa fue consumida por el fuego, y a pesar de muchos esfuerzos, solo salieron con vida Bridgers y sus suegros, su esposa con sus tres hijos murieron asfixiados. El viudo Luther Bridgers, no pudo comprender tan terrible pena, pero se afianzó en las promesas de Dios en la Biblia. El Señor le dio un cántico en la noche oscura de su duelo y la verdad del salmo 42 se refleja en el himno «Hay un canto nuevo en mi ser.» Además de escribir varios himnos, Bridgers también le sirvió al Señor como misionero en Bélgica, Checoslovaquia y Rusia.

Hay un canto nuevo en mi ser

Hay un canto nuevo en mi ser,
Es la voz de mi Jesús
Que me dice: Ven a descansar,
Tu paz conquisté en la cruz.

CORO:

Cristo, Cristo, Cristo,
Nombre sin igual;
Llena siempre mi alma
De esa nota celestial.

Náufrago en pecado me encontré
Sin paz en mi corazón
Mas en Cristo mi Señór hallé
Dulce paz y protección.

Tengo, de su gracia celestial,
Gozo en su santo amor,
Riquezas que fluyen a raudal
Desde el trono del Señor.

Cristo en las nubes volverá,
Bajo el bello cielo azul;
El entonces mi alma llevará
A vivir en gloria y luz.


Nota editada por Wilmando Hernández, publicado originalmente en Librería Voz que clama y IMPCH

La historia detrás del himno «Al Cristo vivo sirvo»

Himno «Al Cristo vivo sirvo» | Autor: Rvdo. Alfred H. Ackley

Era un domingo de resurrección; el Rvdo. Alfred H. Ackley se estaba preparando para el servicio en su iglesia Presbiteriana en California. El año era 1932 y en este tiempo el radio era el medio más importante de comunicación. El Rvdo. Ackley sintonizó su radio en varios programas locales cuando de pronto oyó el anuncio, «Y ahora nos unimos a las estaciones roja y azul (ahora conocidas como la NBC y la ABC) para una programación especial desde la ciudad de Nueva York».

El orador que fue presentado era un predicador muy conocido de Nueva York, quien era conocido por sus ideas liberales y en esa mañana saludó a la audiencia radioescucha con un: «¡Buenos días, es Semana Santa! Ustedes saben, realmente a mí ni me va ni me viene si Cristo resucitó o no resucitó. En lo que a mí respecta, Su cuerpo pudiera estar hecho polvo en alguna tumba de Palestina. ¡Lo más importante es que Su verdad sigue adelante!»

«¡Eso es una mentira!» exclamó el Rvdo. Ackley–olvidándose del hecho que el orador en el radio no le podía escuchar y también que en aquellos momentos él se estaba afeitando con una navaja muy cortante, pudiéndose cortar. Pero la Sra. Ackley sí le escuchó y le preguntó: «¿Por qué estás gritando tan temprano?» El Sr. Ackley le contestó: «¿No oíste lo que ese predicador «bueno-para-nada» acaba de decir? Él dijo que no importaba si Cristo había resucitado o no».

En esa mañana, el Rvdo. Ackley predicó como nunca antes había predicado un domingo de resurrección.

Por unas semanas, el reverendo había tenido conversaciones con un joven judío quien le había preguntado, «¿Y por qué tendré que adorar a otro judío ya muerto?» El Sr. Ackley le contestaba, «¡Eso es lo más importante de todo esto, Jesucristo no está muerto—Él vive!»

Y ahora este predicador liberal de radio estaba atreviéndose, con argumentos santurrones, a destruir la misma verdad que le había dado la fuerza a la iglesia del primer siglo y por lo que muchos habían dado sus vidas para proclamar a un Salvador vivo y resucitado.

Ese domingo en la noche, el Sr. Ackley les volvió a predicar sobre la resurrección; y cuando él llegó a su casa esa noche, él sentía como sino hubiese dicho todo lo que había planeado decirles. La esposa le dijo: «Mira, es tiempo ya que hagas lo que mejor puedes hacer. ¿Por qué no escribes un himno al respecto? Y tal vez te sentirás mejor, así tendrás algo que seguirá diciendo esta gran verdad».

El Sr. Ackley escuchó el consejo de su esposa y se fue a su lugar de estudio. El buscó el recuento de la resurrección escrito por el evangelista San Marcos; y en el versículo 6 del capítulo 16, leyó y volvió a leer las palabras: «Él no está aquí, pues ha resucitado». Él dice que un escalofrío le envolvió hasta el alma—una experiencia que nunca olvidará. Y mientras él pensaba en la realidad de Su presencia permanente en aquella habitación con él, él no podía contenerse, y empezó a escribir:

Al Cristo vivo sirvo
Y él en el mundo está
Aunque otros lo negaren
Yo sé que él vive ya.

El siguió escribiendo hasta que, en un tiempo bastante corto, todas las estrofas del himno habían sido terminadas; inmediatamente después, al sentarse al piano, la melodía vino para complementar las palabras—tal y como se canta hoy día.

Al Cristo vivo sirvo

Al Cristo vivo sirvo y Él en el mundo está;
Aunque otros lo negaren yo sé que Él vive ya.
Su mano tierna veo, su voz consuelo da,
Y cuando yo le llamo, muy cerca está,

CORO:
Él vive, Él vive, hoy vive el Salvador;
Conmigo está y me guardará
Mi amante Redentor.
Él vive, Él vive, me imparte salvación;
Se que Él viviendo está porque
Vive en mi corazón.

En todo el mundo entero contemplo yo su amor,
Y al sentirme triste consuélame el Señor;
Seguro estoy que Cristo mi vida guiando está,
Y que otra vez al mundo regresará.

Regocijad, cristianos, hoy himnos entonad;
Eternas aleluyas a Cristo el Rey cantad.
Ayuda y esperanza es del mundo pecador,
No hay otro tan amante como el Señor.


Compositor: Rvdo. Alfred H. Ackley


Artículo publicado originalmente en Literatura bautista

La historia detrás del himno «Todas las promesas del Señor Jesús»

Himno «Todas las promesas del Señor Jesús» | Autor: Russell Kelso Carter

Russell Kelso Carter (1849-1928) fue un atleta estrella de una academia militar y un excelente estudiante académico, que llegó a ser un exitoso maestro y entrenador. Luego pasó varios años como ministro metodista ordenado, después de lo cual fue a la escuela de medicina. Pasó el último de sus años profesionales como doctor en medicina. Carter también fue músico y compositor. En 1886, coeditó «Songs of Perfect Love» con John Sweney (1837-1899), quien escribió la música de canciones tan queridas como «Beulah Land» y «Fill Me Now». Este himnario incluía el himno más famoso de Carter, Standing on the Promises (Pararse en las promesas), traducido al español como: «Todas las promesas del Señor Jesús»

Aunque Carter fue un cristiano declarado la mayor parte de su vida, no fue sino hasta una grave enfermedad en su corazón que empezó a entender la realidad y el poder de las promesas de la Biblia. A los 30 años, su salud estaba en estado crítico y los médicos no podían hacer más por él. Carter se dirigió a Dios en busca de ayuda y sanidad.

Se arrodilló e hizo la promesa de que, con o sin sanidad, su vida estaba finalmente y para siempre, completamente consagrada al servicio del Señor. Fue a partir de ese momento que la Palabra de Dios escrita se hizo viva para Carter. Empezó a apoyarse en las promesas de Dios, determinando creer sin importar su condición física, sin importar cómo se sintiera. En el transcurso de los siguientes meses su fuerza regresó, y su corazón fue completamente curado! Carter vivió otros 49 años saludables.

El himno que Carter había escrito varios años antes de que su milagro de sanidad se convirtiera en algo más que palabras y música para él. Estar de pie en la Promesa se convirtió en una parte integral de su vida.

Todas las promesas del Señor Jesús

Todas las promesas del Señor Jesús
Son apoyo poderoso de mi fe;
Mientras viva aquí cercado de su luz,
Siempre en sus promesas confiaré.

CORO

Grandes, fieles,
Las promesas que el Señor Jesús ha dado
Grandes, fieles,
En ellas para siempre confiaré.

II

Todas sus promesas para el hombre fiel
El Señor, en sus bondades, cumplirá,
Y confiado espero siempre, que por Él
Paz eterna mi alma gozara.

III

Todas las promesas del Señor serán
Luz y fuerza en nuestra vida terrenal;
Ellas en la dura lid nos sostendrán,
Y triunfar podremos sobre el mal.


Compositor: Russell Kelso Carter, himno traducido al español por Vicente Mendoza


Artículo publicado originalmente en Honey for Sweetness | Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator y Editado por Wilmando Hernández